La escena es verdadera y se repite todos los días en mi querida
Bogotá y seguramente en los otros rincones de Colombia. Después del almuerzo,
en la Candelaria, voy entrando corriendo
a mi trabajo con una compañera y en la puerta del edificio donde trabajo, bajo
un palo de agua que sería demasiado benévolo llamar llovizna, está un habitante
de calle tan viejo que no se puede ni adivinar la edad, con una pierna
mutilada, y sosteniéndose en una muleta vieja: somos bogotanos, demasiados
atareados y acostumbrados a los habitantes de calle, como para que nos importe lo
suficiente y nos detengamos a ayudarle. Ya adentro, igual manifiesto mi lastima
por el pobre hombre con un sentido “pobrecito y con esa lluvia”, ante lo cual
mi compañera –sin sonrojarse siquiera− me responde “pobrecito y es como cachorrito”. Se refería a
un perro que acompaña al hombre (¡¿no vio al habitante?!). Apenas si atiné a no
increparla por su falta de sensibilidad y, menos mal que no lo hice, pues al
otro día, a la hora del almuerzo, cuando medio intenté plantear lo insensibles
que nos estábamos volviendo con las personas ya la conversación iba tomando
calor en favor de ayudar a los animales en vez de gastar recursos en esos
sucios, drogadictos, peligrosísimos habitantes de calle que por decisión propia
están en las calles mendigando y no trabajando, y me quedé sin palabras. Pues sí, obvio eran
sucios, y drogadictos y peligrosísimo, peligrosísimos, alguno habría y los
perritos puros con su conciencia tranquila (¡¿consciencia!?): y lo de su propia
decisión de estar en la calle como producto de sus errores alguno habría por la
adicción a las drogas y no todos y si así fuera… Y sí, ante la aplastante mayoría para qué
intentar justificar a los habitantes de calle, con sus evidentes defectos, al
mismo nivel de los perros a mis compañeros de trabajo y pensándolo mejor… y…
y pensándolo mejor si todos, no sólo algunos habitantes de calle, si todos estuvieran
en la calle por sus malas decisiones igual por qué habría de justificarlos
como seres humanos al mismo nivel de los animales ya no ante mis compañeros de
trabajo sino ante la sociedad misma. Si el que escribe esta nota, si los que
discutíamos éramos humanos y como tal hermanos en esa condición mientras los
otros, los animales lindos y tiernos (porque de los feos nadie se conduele), no
hablan entre sí, no se agrupan, ni discuten si es justo o no tratarnos con
mayor consideración que a ellos mismos. Como tal hasta ridículo poner en la misma
balanza a un animal y a un ser humano con consciencia y conciencia, deberes y
derechos, sueños e ilusiones, errores y aciertos. Ridículo pero no por eso
imposible y para nada impopular ni mucho menos inadmisible para su discusión en
las redes sociales, en todo tipo de foros, en los medios de comunicación y
hasta en los cabildos políticos y ahí, en ese detalle, está el enorme peligro
del movimiento animalista. No en sus razonables quejas en relación a la
excesiva violencia en contra de los animales por algunas de nuestras prácticas,
ni mucho menos en su justificado reclamo en contra de la ganadería masiva
generando problemas ambientales y económicos.
El peligro es la profunda convicción que mueve a esos grupos y
sus consignas, el convencimiento que tienen de que en el fondo, sin atenuantes
culturales, los animales están en el mismo nivel que los seres humanos y que,
como tal, sus reclamos son apenas el inicio de un largo, luchado y heroico
camino hacia la igualdad total que libere a los inocentes animales de nuestra
tiranía. Pues no es ilógico ni antinatural pugnar porque los humanos seamos
menos crueles, ni en sí radica ningún peligro, el problema es cuando buscamos
esa erradicación de la crueldad sin tener en cuenta justificaciones culturales,
económicas, tradicionales y de conveniencia por el simple hecho de establecer
una igualdad entre seres humanos y
animales otorgándoles unos derechos que, sin los correspondientes deberes, son
meramente artificiales. Cuando dan por sentado que las tradiciones culturales
de un pueblo, por milenarias que sean, pueden tirarse a la basura simplemente
porque implican el “maltrato” o la muerte de un animal cuando en muchas –o en
casi todas− las constituciones del mundo
no es un delito, precisamente porque de serlo no se podría alimentar a los
seres humanos. Cuando sin importar lo incómodo e inadecuado que pueda ser el
estado actual de Trasnmilenio exigen que igual se le dé espacio a las mascotas porque
tienen los mismos derechos como para viajar en una silla –del color que sea−
sin llevar bozal ni pensar en lo antihigiénico que pueda ser. Es en esos casos,
reales y de todos los días, donde se ve claramente el peligro de los
animalistas trasponiendo la frontera natural, racional y cultural que las civilizaciones
pusieron a los animales cuando decidieron reunirse como grupo para la supervivencia de cada uno sus miembros: humanos por
supuesto. Porque de salvar la vida a los animales que se matan “por diversión”
o prohibir los espectáculos en donde no se les trata con “dignidad” a prohibir
matarlos para nuestra alimentación hay un sólo paso: un peligroso paso que
podría implicar desastres alimenticios y económicos en el mundo, y en especial
en economías emergentes del tercer mundo.
¿Absurdo? No, para nada. Es el camino natural y peligroso por el
que vamos andando y que, sometidos al albedrio de lo popular, nos lleva hacía
la conformación de un partido político que aglutine las inconformidades de
tantos animalistas condolidos por el sufrimiento de los perritos y gatitos
sufriendo en las mismas calles con miles de desplazados también requiriendo
subsidios y recursos. Nos basta recordar la escena con la que iniciamos este
escrito y la ternura evidente de los ojos de los animales en comparación con la
mezcla de sufrimiento y desconfianza presente en los ojos de tanto desplazado
para saber sobre cual proyecto de ley se inclinaría la balanza.
Sólo restan unas pocas elecciones más para que se propongan como banderas
electorales mayores derechos para los animales,
la construcción de hospitales públicos para mascotas, la alimentación
gratuita para los perros callejeros y hasta albergues, la prohibición de preparar
comida típica que implique la muerte de animales bonitos, la exigencia de
condiciones “dignas” en las granjas avícolas, la construcción de parques
adecuados únicamente para animales, la prohibición de pruebas médicas en
animales y en fin… sin importarles en nada el detrimento y el descuido al que
podrían ser sometidos los ciudadanos en general y, en especial, las personas
más pobres que viven del subsidio gubernamental o que trabajan directa o
indirectamente con las empresas relacionadas con el uso de animales.
Un peligro real que pasa por la aparente nimiedad de quitarle
mucha de la alegría a la Navidad al prohibir los fuegos artificiales porque
asusta a los perros y que esconde la profunda convicción de muchos animalistas de
que en el fondo todo animal es inocente y por eso igual o incluso superior a un
ser humano. Así, sin querer queriendo, los animalistas nos están arrinconando
hacia un estado cuya prioridad no sea ya nuestro legítimo derecho a la
supervivencia y la búsqueda de la felicidad sino la coexistencia pacífica con
los que, por lógica evolutiva, conveniencia y cultura, han sido nuestros
alimento, herramientas de trabajo y hasta compañía. Futuro cruel e inhumano con
los que precisamente somos humanos y, a lo mejor inevitable, pero en la medida que
lo podamos retrasar y criticar seremos más humanistas.
Humanistas al odiar que las familias
más pobres, viviendo de los subsidios, tengan de a tres o cuatro perros que ni
tienen con que alimentar y los dejen vagar por ahí sin importarles que estén
vacunados, que puedan morder a alguien o que medianamente estén sanos o no apesten.
Humanistas al reclamar que los
parques –que son construidos para los niños− estén invadidos de perros de razas
peligrosas sin llevar bozal y cuyos dueños reaccionan con violencia ante
cualquier reclamo de un desprevenido padre, pues los perritos nacieron
inocentes y sin atacan el malo, en el fondo, es el niño que sin darse cuenta
les dio un balonazo o al correr muy cerca los puso nerviosos. Humanistas al manifestar abiertamente,
sin sonrojarnos ni tener que apenarnos –por estar en contra corriente de ese
animalismo gregario de ahora−, que no nos gusta que la gente gaste fortunas en
sus mascotas cuando hay personas viviendo en la calle y que se indignen y se
pongan furiosos si uno se los recuerda y lo peor, lo desvergonzado, que se
defiendan atacando a esas personas porque pueden hablar y los animalitos no, y
entonces que se la rebusquen como puedan, que se vayan a quejar al mono de la
pila, que se jodan pues su platica y tiempo seguirán yéndose a
engordar y curar perritos y gatitos… pero los humanistas no, los humanistas
recordamos, amamos y admiramos a Beethoven y sus hermosas melodías que no lo
libraron de ser un pésimo padre adoptivo, leemos enamorados de su prosa los
poemas infinitos de Borges sin tener en cuenta sus polémicas afiliaciones
políticas y solicitamos, una y otra vez, la ayuda estatal –y de organizaciones
no gubernamentales− para el drogadicto, violento, y sucio habitante
de calle que tercamente reincida y vuelva a las calles después de recibir ayuda
pues, en su calidad de ser humano, es imperfecto, cobarde, deshonesto pero
humano al fin, capaz tanto de amar como odiar y de sentir empatía y compasión
por sus congéneres: como es lo que nos corresponde hacer antes de cualquier consideración antihumanista.
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